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Ximena Ibáñez

La armadura y la mariposa

Un cuento ilustrado

La armaduray lamariposa

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La armadura y la mariposa

Un cuento

La armadura y la mariposa

Una mujer de cabello largo, con los ojos cerrados, extiende la mano abierta hacia una mariposa dorada que vuela frente a ella.

Había una vez una persona que amaba las mariposas.

Le gustaba contemplarlas cuando se posaban sobre las flores, observar los colores de sus alas y quedarse quieta durante largos minutos, esperando que alguna se acercara lo suficiente para sentir su delicadeza sobre la piel.

Desde pequeña había soñado con tener una mariposa en la mano. No quería atraparla ni retenerla. Solo deseaba experimentar aquella sensación tan frágil y extraordinaria de sentir sus alas rozándole los dedos.

Un ramito de flores silvestres con una mariposa dorada posada.

Las guerras

Una mujer con armadura, de espaldas, mira a lo lejos un castillo sobre la colina mientras su capa se mueve con el viento.

Pero la vida la llevó por caminos difíciles.

Tuvo que atravesar guerras, enfrentarse a batallas que nunca imaginó y aprender a protegerse de los golpes que encontraba en el camino. Fue entonces cuando consiguió una armadura.

Al principio, solo la usaba cuando era necesario. Sin embargo, cada batalla le enseñaba nuevas razones para no quitársela. Una traición la llevó a ajustar las correas. Una herida la convenció de reforzar las placas. Cada decepción parecía demostrarle que hacía bien en permanecer protegida.

Hasta que un día dejó de quitársela por completo.

Aprendió a caminar con ella, a dormir con ella y a continuar su camino sin desprenderse de aquella protección. El metal se convirtió en una presencia constante, y poco a poco olvidó lo que significaba estar sin él.

Pero había algo que no había cambiado: seguía amando las mariposas.

Una espada y un escudo de metal apoyados.

El filo del metal

Una mariposa de alas doradas posada sobre unas flores abiertas en un jardín.

Un día, mientras caminaba por un jardín, vio una posarse sobre una flor.

Era hermosa. Sus alas parecían hechas de luz dorada y se movían con una delicadeza que le recordó todos aquellos sueños de su infancia.

Se acercó emocionada y extendió la mano.

La mariposa permaneció quieta durante unos instantes. Pero cuando intentó aproximarse un poco más, el filo de su armadura rozó sus delicadas alas.

La mariposa levantó el vuelo.

La persona se quedó inmóvil.

No había querido lastimarla. Se había acercado porque la amaba, porque deseaba tenerla cerca.

Lo intentó de nuevo al día siguiente. Esta vez se movió más despacio, midiendo cada gesto. Pero la rigidez de la armadura le impedía percibir la delicadeza de sus movimientos. Cuando extendió la mano, el metal volvió a rozar las alas.

La mariposa huyó. Y volvió a ocurrir una tercera vez.

Entonces comprendió que no bastaba con desear acercarse. Algo tenía que cambiar si quería experimentar aquella cercanía que había anhelado durante toda su vida.

Una mariposa dorada se aleja en vuelo dejando una estela de luz.

La decisión

Una mariposa dorada con las alas recogidas, posada sobre una piedra.

Pasaron los días. Una tarde regresó al jardín y encontró una mariposa posada sobre una piedra. El viento movía suavemente las flores y los últimos rayos del sol iluminaban sus alas.

Se acercó y se arrodilló frente a ella. Extendió la mano, pero se detuvo.

Miró los guantes de metal. Después, las placas que cubrían sus brazos, sus hombros y su pecho.

Sabía lo que tenía que hacer. Y, sin embargo, no podía moverse.

Porque quitarse la armadura no era tan sencillo como desabrochar unas correas. Era enfrentarse a todo aquello que había intentado mantener lejos durante años.

Por un instante, volvió a escuchar los ecos de sus antiguas batallas. Recordó el sonido de los golpes contra el metal, el estruendo de las armas, las veces que había sentido que no podría resistir un ataque más. Recordó las heridas que había tenido que soportar en silencio y aquella sensación de desamparo que la había llevado a prometerse que nunca volvería a quedar tan expuesta.

Sus manos comenzaron a temblar.

¿Y si al quitarse la armadura volvía a sentir todo aquel dolor?

¿Y si el mundo seguía siendo tan cruel como lo recordaba? ¿Y si, después de tantos años protegiéndose, descubría que ya no sabía cómo vivir sin aquella defensa?

Una piedra lisa entre hierbas y flores, bajo los últimos rayos de sol.

Lo que más había deseado

Una mujer con armadura, arrodillada, abraza su brazo y apoya la cabeza con los ojos cerrados.

Miró nuevamente a la mariposa. Quiso acercarse. Quiso sentirla. Quiso experimentar, aunque fuera una sola vez, aquello que había deseado desde niña.

Pero el miedo volvió a detenerla.

Durante unos instantes, pensó en levantarse, ajustar las correas y marcharse. Podía seguir contemplando las mariposas desde lejos. Podía conservar su protección, evitar el riesgo y regresar a la seguridad de lo conocido. Nadie le exigiría que hiciera algo diferente.

Pero entonces recordó algo que ninguna de sus batallas había conseguido borrar.

Nunca había deseado una sensación tanto como aquella: sentir la delicadeza de una mariposa posándose sobre su piel.

Había sobrevivido a guerras que creyó imposibles. Había soportado golpes, pérdidas y noches interminables. Había aprendido a resistir cuando no encontraba otra salida.

Y, sin embargo, ninguna victoria le había dado lo que ahora anhelaba. Podía recordar el sonido de las espadas, el peso del metal y el frío de las noches en el campo de batalla. Pero nunca había experimentado aquella cercanía que imaginaba desde pequeña.

Y no quería marcharse de este mundo sin haberla sentido.

La mariposa seguía allí. Entonces tomó una decisión.

Un guantelete de armadura abierto en el suelo, con una flor pequeña creciendo a su lado.

Despojarse del miedo

Una mano desabrocha la correa y la hebilla de la pieza de armadura que cubre un brazo.

Llevó las manos hasta los broches de su armadura. Intentó desabrochar el primero, pero sus dedos temblaban tanto que tuvo que detenerse.

Respiró hondo. Volvió a intentarlo.

Cuando el primer broche cedió, sintió una punzada de miedo. El sonido del metal al soltarse le recordó el ruido de las armas que había escuchado durante sus batallas. Por un instante, su cuerpo quiso retroceder, como si desprenderse de aquella pieza fuera a dejarla indefensa frente a un enemigo invisible.

Se quedó inmóvil. Una parte de ella le suplicaba que se detuviera. Pero miró la mariposa y continuó.

Se quitó una pieza del hombro. Después, otra que protegía su brazo. Cada fragmento que dejaba sobre la hierba parecía llevarse consigo una parte de la seguridad a la que se había acostumbrado.

Y con cada pieza que retiraba, los recuerdos regresaban. Las veces que había confiado y terminó herida. Las ocasiones en que se permitió ser vulnerable y deseó no haberlo hecho. Las noches en que juró que jamás volvería a exponerse de aquella manera.

Todo parecía decirle que estaba cometiendo un error.

Cuando llegó el momento de quitarse los guantes, se detuvo de nuevo. Hacía tanto tiempo que no veía sus manos descubiertas que casi le resultaban extrañas.

Desabrochó lentamente el primero. Después, el segundo. Y los dejó caer junto al resto de la armadura.

El aire tocó su piel. Estaba helado. Un escalofrío le recorrió los brazos y sintió el impulso de cubrirse de nuevo. Sus manos se cerraron instintivamente, como si todavía buscaran el metal que tantas veces las había protegido.

Por primera vez en años, sintió el frío sin ninguna barrera entre su cuerpo y el mundo.

Correas de cuero con hebillas desabrochadas sobre la hierba.

La última pieza

Un casco de armadura, ya quitado, descansa sobre la hierba.

Y tuvo miedo. Un miedo profundo, antiguo, que no desaparecía por haber tomado una decisión.

Se abrazó a sí misma durante unos segundos. Miró la armadura extendida sobre la hierba y pensó en lo fácil que sería volver a ponérsela.

Solo tenía que recogerla. Solo tenía que regresar a lo conocido.

Pero entonces volvió a mirar a la mariposa. Y comprendió que, si retrocedía en aquel instante, tal vez seguiría contemplando su belleza durante muchos años, sin llegar nunca a experimentar la delicadeza que tanto había deseado.

Así que, aun temblando, se quitó la última pieza.

Se quedó arrodillada en el jardín, desprotegida, con las manos desnudas y el corazón latiendo con fuerza.

No se sentía valiente. No se sentía invencible. Se sentía vulnerable.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, estaba dispuesta a permanecer allí sin correr a cubrirse.

Piezas de armadura tendidas sobre la hierba, entre flores.

La mariposa

Una mariposa dorada posada sobre la palma de una mano abierta y desnuda.

La mariposa seguía sobre la piedra. La persona se acercó lentamente, temiendo que cualquier movimiento brusco la hiciera huir.

Extendió la mano. Esta vez no había guantes de metal. No había bordes afilados ni placas rígidas que se interpusieran entre sus dedos y aquella delicadeza.

Solo había una mano temblorosa, abierta y desnuda.

La mariposa levantó sus alas. Durante un instante, la persona creyó que volvería a marcharse.

Pero entonces ocurrió. La mariposa se acercó y se posó suavemente sobre uno de sus dedos.

La persona contuvo la respiración. Sintió el contacto diminuto de sus patas sobre la piel, el roce casi imperceptible de sus alas y la ligereza de aquel ser que, durante tantos años, había imaginado entre sus manos.

No había estruendos. No había golpes. No había batallas. Solo una mariposa, una mano desnuda y unos segundos de delicadeza.

Y comprendió que había encontrado algo que ninguna armadura podía ofrecerle.

Permaneció inmóvil, temiendo que el menor movimiento interrumpiera aquel instante. No intentó retenerla ni cerrar los dedos para impedirle marcharse. Simplemente la dejó estar.

Hasta que, finalmente, la mariposa emprendió el vuelo. La persona siguió observándola mientras se alejaba entre las flores.

Había durado apenas unos segundos. Pero eran aquellos segundos los que había deseado durante toda su vida.

Una mano desnuda, abierta y serena.

Un nuevo comienzo

Una mujer de cabello largo, arrodillada junto a un baúl de madera abierto, guarda con cuidado el casco sobre la armadura limpia mientras una mariposa dorada revolotea junto a su rostro.

Desde aquel día, no volvió a despreciar su armadura. La recogió, la limpió y la guardó.

Sabía que quizá tendría que volver a usarla cuando llegaran nuevas batallas. No podía saber qué encontraría en el camino ni prometerse que nunca volvería a sentir miedo.

Pero había descubierto algo que ya no podía olvidar.

Podía ponerse la armadura cuando necesitara protegerse. Y podía quitársela cuando quisiera acercarse a las mariposas.

Porque, después de tantas guerras, había comprendido que no todo en la vida era luchar.

También había cosas que merecían la valentía de quedarse sin armadura.

Y, para ella, nada había valido tanto la pena como sentir, aunque fuera una sola vez, la delicadeza de una mariposa sobre su piel.

Un sendero entre flores que se pierde hacia la luz, con una mariposa a lo lejos.

Ximena Ibáñez · Psicóloga clínica